viernes, 24 de agosto de 2018

Volvimos a ser pareja


Con el depto para nosotros solos como familia, las cosas mejoraron un montón y comenzamos a tirar más seguido, sin tanta culpa, con menos cuidado y más relajados y solos. Se sintió bien la independencia y nos hizo bien ya que nos sentimos pololos nuevamente.

Se encendió aquello que estaba apagado, aunque teníamos la restricción de los pechos. Yo aún amamantaba a los niños y esa parte de mi cuerpo no se tocaba. Como dije en la publicación anterior, mi marido y yo sentíamos que mis pechos le pertenecían a los niños y eran muy poco ponedores para ambos, todo el resto del cuerpo estaba a merced de nuestro placer, pero esa parte estaba negada. Y es un tema muy fundamental para mí, ya que los pezones están full conectados con el clítoris y antes de ser madre yo me atormentaba pensando en que no podría darles de mamar a mis hijos porque creía que iba a sentir lo mismo que siento cuando estoy tirando. Error. No sé qué pasa a nivel cerebral pero fue automática la desconexión.

Debido a que yo necesita de regreso mi cuerpo en su totalidad, decidimos dejar de darles leche al año y 7 meses. En dos semanas ya no tomaban teta y yo ya empezaba a “sentir” mis pechos nuevamente. Este hito marcó otro antes y después para mí y que luego compartí con mi marido.

miércoles, 23 de agosto de 2017

El amamantamiento y la eterna compañía

Después que nacieron los niños, vino el amamantamiento, el que duró 1 año y 7 meses.

Durante este periodo, yo sentí que mi cuerpo pertenecía a mis hijos (sobre todo mis pechos) y no me lograba ver como la mujer deseosa y deseable frente al espejo. Esto influyó en la autoestima y, por ende, en nuestra vida sexual.

Para mi marido tampoco fue fácil. Él no se sentía cómodo con mis pechos llenos de leche, así que pasamos de la calentura, a la ternura del uno por el otro y al amor por nuestros hijos.

Algunas veces tirábamos, pero yo no sentía ganas reales, a veces estaba muy excitada y otras, lo hacía para que no se nos fuera la costumbre o por probar a ver si en el camino me entusiasmaba más, pero siempre estaba eso de “ser madre”. Lo bueno de nuestra relación es que hablamos mucho sobre lo que nos pasa y lo que no nos pasa y ambos sabíamos que no era lo mismo. Eso nos apagó, sexualmente hablando.

Dentro de todo este periodo de ser padres, tiramos muy pocas veces, pasábamos meses sin tirar y a ratos nos extrañábamos en ese aspecto, pero la mayoría de las veces, llenábamos ese vacío con el amor de nuestros hijos, los juegos, la unión de la familia, el amor del uno por el otro y todas esas cosas que piensas que son cursis, pero que funcionan.

A parte de todo esto, estaba el tema espacio: nuestros hijos dormían en la misma pieza que nosotros, al lado, muy pegados. La pieza era nuestra casa, ahí teníamos nuestra ropa, la ropa de nuestros hijos, las cunas, los juguetes, los pañales, el olor a guagua, etc. ¡La huea más poco ponedora! Y como no estábamos solos en la casa, teníamos que tirar en la noche, a oscuras, callados y con la incomodidad de tener a los hijos al lado. Bastó una vez para que nunca más quisiéramos tirar así.

Con mi vieja en la pieza de al lado y nuestros hijos en nuestra pieza, la opción era ir a moteles, pero fuimos un par de veces porque parece que después de tanta desmotivación, las ganas (o los intentos de tener ganas) se esfumaron.


Luego de pensarlo mucho y lanzarse con la independencia, decidimos arrendar un departamento para los cuatro. Más gastos, más espacio y la probabilidad esperanzadora de mucho sexo.

lunes, 27 de febrero de 2017

Intro

Cuando comenzamos a pololear con mi actual marido, el sexo era pan de cada día. Buscábamos las instancias para tirar. Rompimos dos camas y mucha ropa.

Al pasar el tiempo, el sexo fue disminuyendo muy paulatinamente pero siempre estaba presente.

El primer año de pololeo vivimos solos, pero al inicio del segundo año nos fuimos a vivir a la casa de mi mamá debido a que no teníamos trabajo y, por ende, no podíamos pagar un arriendo. Ahí las cosas cambiaron drásticamente porque ya no podíamos tirar en donde nos pillara la calentura, sino que debíamos hacerlo calladitos en nuestra pieza, encerrados. Eso no nos detuvo, pero costaba encontrar los momentos y disfrutarlos a concho porque la cosa piola, romántica, lentita, no es lo nuestro. A nosotros nos gusta el sexo duro, fuerte y bullicioso.

Cuando mi vieja se iba el finde a la playa o de vacaciones, ¡nos volvíamos locos!, en la cocina, en la escalera, en el comedor, en la ducha, menos en la cama. Nos faltó tirar en el patio y es que una que vive en la casa pareada, no tiene mucha privacidad en el patio, ya que no sólo te ven los vecinos del lado sino que todos los que rodean la casa y para dar shows gratis, no estamos.

Así, nuestra vida de pareja sin hijos era una maravilla sexualmente hablando (en la medida de lo posible) hasta que llegaron los niños y dos al mismo tiempo.

Si el sexo iba disminuyendo debido a la poca intimidad, ahora el sexo pasó no a segundo, sino que a último plano.

Debo aclarar que nosotros queríamos ser padres, nunca pensamos que íbamos a ser padres múltiples pero cuando supimos que eran dos, estábamos shokeados pero felices. 

Una de las primeras cosas que nos dijeron sobre el embarazo múltiple es que es un embarazo de alto riesgo, y eso sumado a que los primeros 3 meses siempre pasan cosas, andábamos con un cuidado único, siempre atentos a todo. Obvio que con este panorama el sexo desapareció por completo, por miedo, ignorancia y porque las ganas desaparecieron a medida que iba creciendo la unión entre nosotros como padres. Siempre pensamos que iba a ser por mientras estuvieran en "riesgo", los primero meses o, a lo más, hasta que nacieran... nunca pensamos que el sexo entre nosotros tendría un antes y un después.